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Tramo limeñas putas

Gene Christo   / 21/05/2018

Otras veces el palo tiene un canasto sin fondo a fuer de viejo: No pocas veces, en un mismo palo, se enseñorean estas tres heterogéneas insignias o emblemas muy fraternalmente reunidas. Los caminos, en estas largas llanuras, son una especie de surcos semejantes a los que formaría un poderoso arado, por cuyo centro marcha un animal; por manera que el jinete, a poco esfuerzo, puede tocar tierra con los pies y quedar convertido en un coloso de Rodas.

En la época de las aguas estas vías son sumamente incómodas y hasta peligrosas. Al llegar a Oroya lleva una masa de agua considerable, y aquí se pasa por un puente de cimbra de cuarenta metros de largo, mediante una contribución o derecho por animal.

El peaje de este puente se remata anualmente y produce una cantidad de soles al municipio de Tarma. Es casi indispensable alojarse en Oroya, porque desde aquí hasta Jauja sólo resta una jornada, pero muy larga. En la sala en donde nosotros pasamos parte de la noche, y que debe estar destinada a este objeto, vimos en sus murallas blanqueadas una multitud de nombres propios, pertenecientes a otros tantos viajeros, al pie de los cuales se leían algunas invocaciones al Todopoderoso: Al aproximarnos a Jauja vimos a ambos lados del camino, tanto en el valle como en las laderas, sobre todo en éstas, una serie no interrumpida de terrenos preparados para recibir la semilla del trigo o cebada, y como el terreno toma varios colores, el aspecto que presentaba era pintoresco.

Raimondi, que viajó por todos los caminos que van de la cordillera a la región oriental, condensó en un magnífico artículo sus impresiones de viaje.

En la mayor parte de estos caminos se han construido, de trecho en trecho, algunos techados que se conocen en el país con el nombre de tambos, y adonde el viajero no halla otro recurso que un abrigo contra las fuertes lluvias durante la noche. Los principales caminos que sirven de entrada a esta apartada provincia, son tres: El del norte es el principal que, como hemos dicho, conduce de Chachapoyas a Moyobamba.

Algunos trechos de la subida no pueden ser peores, tal por ejemplo, la cuesta llamada de Doval, poco distante de Taulia. Para formarse una idea de esta cuesta, imagínese una escalera formada de muchos palos redondos y puestos trasversalmente a manera de gradas sobre una capa de barro ligoso.

Las bestias, subiendo sobre estos palos, que continuamente se hallan mojados, resbalan a cada paso y caen; feliz todavía el caminante si su mula no pone un casco entre los intervalos que dejan a veces los palos entre sí, porque en este caso peligra tanto el viajero como la bestia. Este camino se dirige del Cuzco a la ciudad de Urubamba, la que dista seis leguas y se halla situada en la orilla del río llamado en este punto de Urubamba, porque baña la ciudad y que es el mismo que pasa por Santa Ana.

Una de estas sendas sale de Buldibuyo, en la provincia de Pataz, atraviesa la cadena que separa esta provincia de la litoral de Loreto y baja al pueblo del Valle, cerca del Huallaga. De Tayabamba, en la misma provincia de Pataz, salen otros dos senderos, de los que uno baja al pueblo de Tocache y otro al de Pizana: De Huacrachuco, en la provincia de Huamalíes, hay otra senda que también baja al Huallaga, pero es mucho mejor que las anteriores, porque casi se puede transitar a bestia.

De Chavín de Pariarca, en la misma provincia de Huamalies, sale un pequeño camino que atravesando la cadena de cerros que separa el Marañón del Huallaga, baja a las montañas de Monzón, cuyo río es navegable por pequeñas canoas y desemboca al Huallaga cerca de Tingo María. Nuestras impresiones fueron consignadas en una serie de artículos. Este viaje se realizó 34 años después del que hizo Raimondi, y como se ve por nuestra descripción, la movilidad en en nada había cambiado ni mejorado.

Notable es lo accidentado del terreno por el cual pasa el camino que une el mar con Chachapoyas, siendo tres los ramales de la cordillera que tienen que atravesarse.

El Marañón corre tranquilo y majestuoso por la ardiente quebrada que él mismo se ha formado, y como no tiene puente alguno que lo atraviese en todo el departamento de Amazonas, es menester recurrir a la navegación de él, la que se hace en balsas, a pocas cuadras del pueblo de este mismo nombre.

El naufragio generalmente tiene lugar en una onda, que por lo accidentado del hecho se forma enmedio del río. Allí pasó la noche, y al día siguiente, cuando su nombre se había inscrito en la lista de los muertos, apareció en el pueblo de Balsas, después de haber caminado muchas horas a pie. Parece que este suceso ha decidido al Gobierno a pensar en la construcción de un puente, habiéndose hecho ya los estudios correspondientes, por el ingeniero Hohagen, en el punto llamado Jupén.

Los caminos en que se viaja son iguales a todos los que atraviesan la cordillera de los Andes en la América del Sur. Pero una vez que de la capital de Amazonas se camina hacia el Oriente, el panorama varía por completo. Ya no hay camino, propiamente dicho, se viaja a pie por un sendero que los indios arrieros seguían en época muy remota.

A esto se añade, que el terreno es suelto y cenagoso, habiendo sido necesario construir largas calzadas de palos redondos, para pasar estos pasos que se llaman atolladeros. Aquí les dan el nombre de saltos , porque de escalón a escalón, media una altura de cincuenta centímetros.

Es tan malo dicho camino, que un hombre a pie puede llegar a Moyobamba en cuatro días, lo que a mula no se puede hacer en menos de ocho. Puentes, hay algunos, pero faltan los principales; de manera que cuando carga el río, que atraviesa en el punto llamado Salas, es menester aguardar horas y a veces muchos días en una de las orillas, hasta que las aguas sean vadeables. En ambas orillas de dicho lugar no existe ni una choza, los viajeros quedan a la intemperie, muchas veces sin poder encender fuego para cocinar, por la torrencial lluvia que todo lo inunda.

En tiempo de aguas el correo queda detenido generalmente ocho o quince días en una orilla, hasta que el postillón aprovecha una ligera vaciante y pasa con gran peligro de su vida el torrentoso río. El espíritu se recrea ante ese mar de verdura, cuyos límites se pierden en lontananza y el patriotismo se enorgullece al palpar nuestras riquezas. Esta bajada dura tres horas y es menester hacerla a pie en todo su trayecto, pues toda ella es igual. Para llegar a ella es menester ir a Yurimaguas, el puerto donde se embarcan los viajeros que vienen del Pacífico.

Varias son las malísimas vías para llegar a Yurimaguas. Ellas dicen que camino de herradura no existe: La mucha accidentación del terreno hace impracticable el camino por una sola de las bandas del río principal, siendo necesario a cada momento pasar a la otra para caminar por la ribera opuesta. El Escalerayacu , otro río principal, es menos exigente, pues sólo pide que se cruce doce veces, y un tanto menos el Chuclloyacu , que se atraviesa en el camino ocho veces. Siendo el camino malo, sólo se caminan tres leguas y media por día, o sea catorce en cuatro días, que es la distancia que media entre Balzapuerto y Moyobamba.

En la costa este trayecto exigiría ocho horas de viaje y en la sierra doce. Balzapuerto , en otro tiempo capital de la provincia de Alto Amazonas, es hoy miserable ranchería poblada escasamente por semisalvajes. En él principia la navegación por canoa en el Cachiyacu y después en el Paranapura , para llegar al Huallaga a medio kilómetro del Yurimaguas.

De bajada se navega dos y medio días y de surcada ocho. Así avanza con paso firme en aquellos accidentados terrenos, recibiendo sobre su cuerpo torrenciales lluvias. Pero si quiere conservar la salud, debe cambiarse vestido inmediatamente que llegue al Tambo, poniéndose ropa seca y un poco doble.

Cuéntanme que con esa precaución nadie se enferma. Burros y mulas se pasan la gran vida por aquí. A semejanza de sus dueños, que por ser loretanos no pagan ninguna contribución fiscal, ni municipal, estos animales viven en gran holgura, porque para ellos no hay caminos.

El pobre indio los reemplaza y los supera; sube y baja con una desenvoltura admirable escaleras de piedra cuya gradiente es a veces hasta de sesenta por ciento, pasa ríos caudalosos y fangales horribles, en los que queda atollado hasta las rodillas. Todo esto con sesenta libras de peso en las espaldas.

Así lleva su carga a la espalda, sostenida por una faja que afianza sobre la cabeza, y sin ponerse siquiera una jerga para aminorar la dureza del cajón o maleta que transporta. Algunos van armados de escopetas y cazan por el camino loros y monos, que comen después de asarlos, ofreciendo al patrón la mejor parte del mono que es la mano. Ganan cinco pesos por viaje de seis días de los cuales se comen en el camino dos. El trazo de la vía es malísimo, las gradientes muy fuertes, no hay un sólo puente, siendo varios los torrentosos ríos por atravesar.

Los fangales son numerosos en tiempo de aguas y en ellos queda atollada la bestia, a veces hasta el pecho, por lo que muchos prefieren hacer el trayecto a pie. El vapor que hace la carrera hasta Yurimaguas, sale el 15 de cada mes para Iquitos.

Para ir de Tarapoto a Yurimaguas puede escogerse uno de los tres caminos que existen: Cualesquiera puede tomarse por hoy, menos el de Chasuta, en donde hace dos meses que sus pobladores asesinaron al subprefecto Bello y sus cuatro soldados. Estos semisalvajes siguen insubordinados y no hay hombre de cara blanca que se atreva a penetrar donde ellos. Ella puede andarse a bestia en cuatro horas, siendo el camino malo y lleno de fangales como todos los de Loreto.

Shapaja es un fundo agrícola y a la vez uno de los puertos de la provincia de San Martín. En el punto en que se unen los dos ríos, el Huallaga tiene quinientos metros de anchura y profundidad de algunas brazas.

Su aspecto es majestuoso e imponente para todos aquellos que, viniendo del Pacífico, no han visto en movimiento descendente un caudal mayor de aguas. Aquí terminan los caminos de tierra y principian las peripecias de la navegación fluvial en un río que hasta el Pongo de Aguirre se ha declarado innavegable.

Es la balsa un armazón de veinte palos, amarrados unos a continuación de otros con bejucos, los cuales con la carga, quedan casi sumergidos en el agua. Por esta causa para colocar los fletes y llevar a los pasajeros, es menester armar sobre estos palos una segunda armazón de ramas y cañas, armazón que se llama barbacoa , y queda situada a sesenta centímetros sobre la primera.

Sobre esta débil embarcación se atreve el viajero a descender por las correntosas y desordenadas aguas del Huallaga. La salida de Shapaja es desagradable: El dueño del fundo recomienda a los bogas, una y diez veces mucho cuidado. Estos para tener valor se embriagan miserablemente. Sin embargo, la vista del importante Estero les disipa en algo los efectos alcohólicos; entonces se amarran fuertemente a la balsa y principian a luchar, remo en mano, contra ese oleaje que sólo es comparable con el aspecto del mar en sus fuertes bravezas.

Son enormes piedras subfluviales las que quitan al Huallaga su natural velocidad, ocasionando esas corrientes en todo sentido que se manifiestan en forma de enormes olas. Tres son estos malos pasos y se llaman Estero, Chumia y Yurayacu. Todos igualmente malos, y sólo la forma especial de la embarcación y su imposibilidad de hundirse, disminuye los naufragios. La balsa rechina, se deja tapar completamente por las aguas, da vueltas ya en un sentido, ya en otro, pero al fin sale de ese pequeña Mollendo, aunque muchas veces con un boga menos o parte de la carga perdida.

A las cuatro horas de haber salido de Shapaja se pasa por delante del pueblo de Chasuta , hoy completamente abandonado por sus semisalvajes pobladores, los que se han internado en los bosques después que asesinaron al subprefecto Bello y a sus cuatro soldados. La navegación en el Huallaga sigue torrentosa, y llena de cuidados por parte de los bogas, hasta la salida del pongo de Aguirre.

El panorama cambia por completo: La navegación que hasta el pongo sólo se hace de día, después de su paso no se interrumpe en la noche. Qué sensación tan extraña, tan nueva, tan indescriptible la que se experimenta cuando se viaja por primera vez en los ríos de nuestro Oriente, especialmente cuando se viaja de noche y cuando la luna alumbra magníficamente las tranquilas aguas de sus cauces.

De mí puedo decir que nunca olvidaré la impresión que guardo de la nocturna navegación en el Huallaga. Su construcción es original: Su timón es triple y rapidísimo en sus evoluciones.

El calor y los zancudos hacen imposible la vida en los camarotes. Los pasajeros prefieren dormir al aire libre en hamacas o en catres de campaña, unos y otros cubiertos con mosquiteros. La mayoría estaba formada por mujeres, las que, desde hace tiempo abandonan los pueblos del valle de Moyobamba, donde nacieron, para buscar mejor vida en Iquitos. Salimos de Yurimaguas a las ocho de la mañana, habiéndose hecho durante el primer día de navegación algunas paradas en los embarcaderos de las haciendas de caña con el objeto de embarcar cañaza aguardiente de 18 grados.

La navegación no fue interrumpida durante la noche. Al siguiente día a las ocho de la mañana cruzamos la boca del caudaloso Huallaga, cuyas aguas muy tranquilamente se entregan al Bajo Marañón.

A partir de esta unión, el viaje se hace sobre una dilatada superficie de agua. Por lo regular usan muy poca ropa y tienen la cara pintada con colores indelebles. La mujer envuelve medio cuerpo en una especie de mantilla sujeta a la cintura, la que se llama pampalina , y lleva sobre su busto un saquito que apenas le cubre el seno.

Su mirada revela falta de atención. Por lo regular, los dueños y administradores de estas haciendas son hombres ricos, rudos, valientes, y trabajadores. La extensión de sus terrenos no tiene límites, como que por lo regular viven sin vecinos. Su gente es propia y ella nunca les abandona. Todo les es propicio para el enriquecimiento. El principal de estos fundos agrícolas en el Marañón es Parinari. Al tercer día pasamos por delante de la boca del Ucayali, la que vimos a distancia.

A la caída del sol de este día, divisamos a Iquitos cuya situación es cercana al afluente Nanay. La ciudad, que apenas a seis millas de distancia se divisa como un punto en el horizonte, principia a destacarse en forma grata a la vista a medida que el vapor acorta la distancia.

Visto desde el río, Iquitos, tiene el aspecto de una gran población. Como no hay muelle, tendió un tablón entre la borda y tierra y de esta manera quedó en comunicación con la ciudad. Toda nave que llega a Iquitos es recibida con las mismas formalidades que se acostumbran en los puertos peruanos del Pacífico.

Revisó los papeles en menos de cinco minutos y tan pronto como declaró la comunicación del vapor, el barco fue invadido por una avalancha de gente, entre la que reconocí a muchos limeños que hacía años no veía. Fueron nuestros antepasados protagonistas del magno suceso que nos dio patria, fueron los autores de las orientaciones que dieron existencia a nuestra vida nacional, y es a ellos en gran parte a quien debemos lo que somos. A pesar de sus escasas virtudes nos dieron vida independiente y cumplieron una tarea de valentía física y de sacrificio moral que nosotros no hemos sabido imitar.

Nos faltó civismo y perseverancia y por esto nuestra labor resulta deslucida e incompleta. Dos hombres de notable facultad intelectual estudiaron nuestro estado social y político en los tiempos coloniales. Uno de ellos, Tadeo Haenke, tiene la ventaja de haber florecido en los comienzos del siglo XIX y de haber descrito cuanto sus ojos vieron y cuanto su criterio supo juzgar, como vulgarmente se dice: Su trabajo, por este motivo es de mérito extraordinario. Por esto, su trabajo es analítico, de reconstrucción.

Existiendo estos dos trabajos, sería majadería nuestra pretender escribir sobre asuntos que ellos trataron magistralmente. Por esto, en su integridad copiamos cuanto dijeron sobre el particular.

Siendo nuestro anhelo ser amenos en el relato y observar método en nuestro trabajo, dividiremos este capítulo en secciones; en cada una de las cuales intercalaremos separadamente las opiniones de los autores citados. Antes de entrar en materia debemos hacer otra indicación, siendo ésta la concerniente al programa que intentamos seguir.

Prado y Haenke hablan del blanco español y criollo , del negro y del indio. Los primeros, dueños de la riqueza y del gobierno, y los segundos sometidos a la esclavitud y en extrema pobreza. A nuestro juicio, esta división conduce a error. Un crítico un tanto mordaz cuyo nombre silenciamos, dijo que había tanta similitud por el aspecto, color e indumentaria entre algunos representantes a congreso y los primeros mayordomos de casa grande, que sin conocerlos nunca podía diferenciarlos.

En Chile nos llaman los cholos. El nombre no es original. El adjetivo cholo es genuinamente peruano y fue inventado por los españoles para calificar a los mestizos de blanco e indio.

Tiene origen esta subraza en la unión moral y material de individuos que convivieron en el territorio durante cuatro siglos. Al presente quedan miles de familias de pura raza blanca y centenares de comunidades de genuina descendencia india, pero no habiendo nada que impida el cruzamiento, ni siquiera el prejuicio social de los años anteriores, los componentes actuales tienden a fundirse en un solo crisol.

Socialmente concurren a ella las personas de esclarecido origen, las que brillan por su fortuna, las que sin tener ninguna de estas condiciones se han hecho acreedoras a la estimación de las personas que figuran en primera línea.

Valen por sus negocios, se han impuesto por el éxito, y aunque por su origen, maneras y su misma industria no pueden codearse con las gentes de primera categoría social, sin embargo ocupan situación espectable y a ellos hay que acudir en toda iniciativa financiera.

Hay gentes en esos grupos que sólo valen por su saber, su energía, su admirable disposición para el comando humano. Hay entre ellas, quienes aunque de humilde origen y con poca cultura y sin fortuna, hacen papel en el mundo político, no obstante que voluntaria o forzosamente se hallan fuera del selecto mundo social.

Veamos ahora las causas que han originado la modalidad de esta población superior. Los trabajos de Haenke nos dan los siguientes apuntes. Son los limeños, en general, de buena disposición y de una viveza que generalmente los distingue de los habitantes de otras partes de América.

Tienen una percepción muy pronta, y se nota en las conversaciones la peculiar facilidad con que, sin muchas preguntas, se imponen en los asuntos que se tratan. Generalmente tienen feliz memoria: Se desprenden con facilidad de sus alhajas; son suntuosos en sus banquetes y pródigos del dinero; lo miran y gastan con la mayor indiferencia.

Pero este mismo desprendimiento, que contenido dentro de sus justos límites haría el mejor elogio de los limeños, es por desgracia la causa de la mayor parte de sus ruinas. El chapetón es verdad que empieza a viciarse desde que llega a Lima, pero debe confesarse que a él se debe el tal o cual arreglo que se conserva en muchas familias. Acostumbraba decirnos un amigo que había puesto su estudio en conocer a los limeños: El chapetón, decía, viene regularmente a edificar a este país; pero el criollo, su hijo, queda para destruir cuanto su padre edificó.

En efecto, cuando una casa se halla atrasada se busca al chapetón para que la levante. Raros son los esclavos que se quejan de que sus amos los traten con severidad. Ellos con el poco castigo, por el contrario, suelen ser consentidos y flojos servidores. Hay en Lima toda la política y urbanidad que se adquiere en el trato de una Corte. Los vicios que se les achacan son una especie de veleidad, que se suelen cansar de lo que emprenden, varían de dictamen, y con poca firmeza acostumbran arrepentirse de sus tratos.

Con efecto, fatigan su viveza trabajos de mucho tesón y constancia. Las capas son horadadas, las casacas de paños finos, y así todo lo que se ponen. Son ambiciosos por los empleos, y tratan de adquirirlos por cuantos medios creen oportunos. Aman las riquezas para sus faustos; y por eso muchas casas ilustres, despreciando las perjudiciales preocupaciones que hay en la Península, ejercen abiertamente el comercio.

Sujetos principales se emplean en la mercadería por menor, con tienda abierta; y se admiten en el trato y concurrencias de las principales sociedades a los maestres de las embarcaciones y a otros, que no deben desmerecer, no se les eleva a tanto en otros países. En la Corte de Lima, al modo que en las de Europa, predomina el mismo genio de adulación y de intriga.

Aquella se ejerce con frecuencia en muchas y pomposas ceremonias y arengas que se dirigen a los Virreyes. En las que suelen hacerse al tiempo de su entrada no se economizan epítetos, ni se omiten las menores circunstancias que ilustren su familia. Por otra parte, una brillante soberbia los aparta de la concurrencia al Palacio de los Virreyes, se niegan a su obsequio hasta aquel punto que no haga reparable si este los distingue o no tiene cierto agasajo y popularidad que los encanta sobremanera.

Son dados a los placeres, al juego y a una vida regalada y ociosa. Idólatras de las mujeres, casi siempre estiman poco la suya propia. Se ve hombres graves entregados al juego y otras disoluciones. Es indecible lo que ganaría Lima con la sola providencia de recoger a tanto ocioso y vago como se encuentra a cada paso, aplicando muchos de ellos a grumetes de los navíos en las ocasiones de levas. Nótase el genio de la intriga, al que contribuye mucho su espíritu inquieto y su gran viveza, en las ocasiones que vaca cualquier empleo que proporcione mando u honor.

Sin embargo de tales defectos, veo que sus buenas cualidades aventajan en mucho a las malas. Son dulces en su trato, tienen afabilidad y buena explicación, especialmente en materias amorosas en donde desplegan todos sus chistes y gracias, distinguiéndose en esto con particularidad las mujeres. Una limeña de diez años exige, en la conversación de un hombre bien criado, el mismo respeto y atención que una de quince en Europa.

No tienen para con los hombres todo aquel amor y tesón con que estos las aman, hasta parecer que las idolatran. Pero en las damas americanas no sucede así: Acostumbran los caballeros visitarse desde muy temprano, y ocupan la mañana en tratar sus negocios. Andan de capa y gorro los ancianos, y los mozos llevan también su capa con una redecilla blanca, y el vestido de género rico o muy buen paño.

Preséntanse igualmente las mujeres con una ostentación que no se conoce en Europa; y sea por imitación, sea por mal ejemplo o por natural deseo de brillar o sobresalir, manifiesta la limeña sobre este punto un prurito particular. Adquiere con este ahuecado vestido la figura femenina un volumen tal, que no da pie para inferir su arte y venir en conocimiento de la tapada, a menos que la voz, la figura de los brazos, u otras semejantes señales den indicios de la persona.

Pero al paso que con tan cuidadoso esmero procuran taparse aquellas damas desde la cintura arriba, tienen otro no menos por descubrir los bajos, desde la liga hasta la planta del pie. Cuando van de guardapié, traje que usan las personas blancas de noche, llevan sombreros blancos jerezanos con un cintillo, sus mantillas y rebozos.

La ocupación ordinaria de las mujeres es, por la mañana, los templos, y luego sus visitas. Se tiene por indecoroso presentarse a pie en el paseo, y muchas personas se ven obligadas a mantener calesa por no apartarse de los principios de la opinión.

En primer lugar, los españoles se establecieron generalmente en la costa; y sus costumbres deben buscarse en la vida de ciudad.

Establecida la unidad y la indisolubilidad del matrimonio, y celebrado él en la forma sacramental con los caracteres y efectos que estatuye el Concilio de Trento, personas extrañas a la comunidad católica no hubieran podido como hoy, contraer unión autorizada y legal, si ellas hubieran sido toleradas en las ciudades del Virreinato.

El régimen civil de la familia reposaba sobre las bases de la patria potestad: La mujer casada no tenía personería legal sin autorización del marido. El ejercicio de los derechos civiles se alcanzaba a los 25 años; y hasta el reinado de Carlos IV, los varones menores de esa edad y las mujeres menores de 23, no podían casarse sin el consentimiento paterno.

Pero aunque legalmente correspondía al marido la autoridad de la familia, era la mujer la que moral y realmente dominaba en el seno del hogar. Y sobre la belleza física se eleva la belleza espiritual con los tesoros de ternura apasionada, en sus sentimientos nobles y abnegados, de la sorprendente vivacidad de su ingenio, el venero inagotable de su fantasía, la extremada suavidad y cultura de su trato, y su admirable adaptación intelectual y social.

Los hijos de las clases superiores eran criados con toda la ternura y el engreimiento con que rodeaban al fruto de su amor padres apasionados, ricos y ostentosos.

El lujo excesivo, sin límites, se desplegaba en los vestidos, en los coches y en las fiestas y diversiones. Como prendas características en sociedades de intrigas y discreteos amorosos, los hombres usaban la tradicional capa española y las mujeres la célebre saya y manto peruano. Es preciso detenerse en este punto: El gobierno español y la Iglesia, como hemos visto, tenían interés en que las cosas no pasaran de otro modo.

No me refiero a los campos, donde la ignorancia llegaba al punto de que apenas había quien supiera leer y escribir; ni a los pueblos, donde las escasas escuelas estaban confiadas a maestros tan torpes como crueles, sino a las pocas ciudades donde existían colegios y aun universidades.

Pero como por otra parte disfrutaban los criollos de las grandes riquezas que les proporcionaban los mayorazgos, haciendas, minas, encomiendas, etc. Con justicia, el siglo XIX condena esa historia; pero, sin embargo, en su crítica se observa un sello de benevolencia. Es que en el fondo de esa triste historia, en el centro de ese organismo enfermo, moral e intelectualmente, de esa sociedad débil, perezosa, viciosa y cortesana, se sienten los latidos de un corazón noble y generoso, y se perciben los destellos de una inteligencia superior; elementos que bien aprovechados en diverso medio social, podían haber elevado a una raza y hecho grande a un país.

Terminado el Virreinato, la democratización consiguiente al sistema republicano proclamado en , fue puramente nominal. Quedaron en pie los mismos elementos sociales, la ignorancia y el caciquismo en provincias, las jerarquías y las desigualdades de clase en la capital.

Las gentes superiores, con el nombre de republicanos, quedaron tan absolutistas y tan godos en sus procedimientos como en los tiempos del Rey; las clases pobres, tan esclavas e idiotizadas como si las palabras independencia y libertad nunca se hubieran pronunciado. Otro elemento social, escaso pero de gran influencia, modificó también nuestra existencia. Fue éste, la presencia de numerosos ingleses, franceses y otros extranjeros, quienes se hicieron cargo de la industria y el comercio.

Han sido estos, la acción civilizadora del tiempo, la fabulosa riqueza del guano y la guerra con Chile. En Causas Históricas tendremos oportunidad de relatar los acontecimientos relacionados con estos magnos sucesos, como también hacer visible el profundo surco que ellos abrieron en nuestra vida social y en la orientación definitiva que al presente nos han dado.

Por ahora, lo que interesa saber es lo que somos en la actualidad. La pobreza en que viven la mayor parte de las gentes que descienden de noble abolengo, es algo digno de estudio; y esto que vemos en Lima en proporción extraordinaria, también lo encontramos en Arequipa, Cuzco, Ayacucho y Cajamarca, siendo excepción Trujillo.

Heredaron las personas de que tratamos, dinero y pergaminos, pero heredaron también la indolencia y la ociosidad de sus padres, la ostentación y el despilfarro, el poco apego a los bienes terrenales, el horror que nuestros nobles antepasados tuvieron por el trabajo. Faltoles energía, valor físico y moral, inteligencia y audacia.

Socialmente, esto ha sido una desgracia; también lo ha sido en el orden político y económico. Con estos elementos y dotadas de extraordinaria discreción para escoger a las gentes a quienes honraban con su amistad, y con talento y energía en lo político y en lo comercial, lograron, y por muchos años, mantener singular supremacía.

Una familia que no se codeaba con ellas era considerada como de segunda categoría. La discreción en el comportamiento, el talento y sobre todo el dinero, forman un conjunto de cualidades favorables para entrar en buena sociedad.

Lo que no triunfa socialmente es la unión de la huachafería con el dinero, así se cuente éste por millones. Lo que a primera vista salta en ella es el brillo de la imaginación, la viveza del discurso, la prontitud para responder.

Va esto acompañado de una voluntad débil, susceptible de extraordinarias y valentísimas resoluciones, pero incapaz de perseverar en ellas, ni de luchar con parsimonia y con igualdad. En esto hay mucho de superficialidad.

Hay en nuestro pueblo superior, extraordinarias cualidades de iniciativa. Por lo regular se discute y se plantea bien, pero se ejecuta mal o no se ejecuta.

Siendo los brutos, en su mayor parte dueños de la fortuna y los hombres que en la industria y en el comercio se han enriquecido con el trabajo, no gozan de simpatía entre los intelectuales, por lo regular todos pobres.

Y como en verdad hay brutos que casi son analfabetos, no deja de tener justificación el abismo que los separa de las clases ilustradas. Somos imaginativos e idealistas. Nadie se conforma con lo bueno, se aspira a lo superior y como no hay fuerza económica ni fuerza moral para conseguir lo difícil y lo extraordinario, las obras cuando se concluyen resultan medianas, siendo general que no se concluyan definitivamente. Lo mismo pasa en materia legislativa y en todo lo que se relaciona con reglamentación.

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Estos vehículos se hallaban dispuestos de modo que no tocasen el agua en el vado de los ríos, ni tuviesen embarazo en las subidas y bajadas por los caminos que ofrecen algunas desigualdades. Otro hombre llamado el peón de la litera iba a bestia para dirigir la marcha y servir al viajero en lo que se le ofrecía. El 4 de diciembre dejaron Trujillo y pasando a vado el río de Moche, llegaron al pueblo del mismo nombre que dista unas 4 leguas.

Esta violencia del agua es algo menor, que la que M. La hacienda de Huacatambo se halla en la quebrada de Nepeña cuyo nombre no parece en la relación del viaje. De Huacatambo siguieron los ilustres viajeros a la población de Casma, que se componía entonces solamente de diez o doce casas, y pasando el riachuelo que baña la quebrada, fueron a descansar en la hacienda de Manchan.

Desde el pueblo de Huarmey empieza un largo despoblado formado por extensos arenales interrumpidos por cerros; y como no se puede recorrerlo con cargas en un solo día, es preciso pasar la noche en el camino. Así es que el día 13, habiendo salido de la población de Huarmey, fueron a descansar en un paraje llamado los Callejones , cuyo nombre trae su origen del camino, que pasa al través de varios cerros formando unos estrechos callejones.

En aquella jornada atravesaron un cerro que ofrece un paso peligroso, principalmente para las literas, llamado Salto del Fraile , formado de peña viva cortada en barranco hacia el mar, donde basta un tropezón de las bestias para caer al precipicio. El mismo día de su llegada a Chancay salieron por la tarde y pasando a vado el río de Pasamayo que estaba algo crecido, fueron a dormir al Tambo del mismo nombre, para poder subir en la madrugada la cuesta cubierta de arena de los cerros que limitan el valle de Chancay por el lado del Sur.

En los pueblos pequeños había tambos o posadas, que se reducían a un cobertizo simple donde se encontraba tan sólo las paredes, de manera que los viajeros tenían que llevar hasta las ollas para cocinar. La amplitud del relato hecho hace innecesario dar cabida en nuestro libro a la completa descripción del viaje hecho por Raimondi de Lima a Trujillo por tierra en Raimondi, que fue un sabio en todos los ramos del saber humano a que se dedicó, también lo fue en el difícil arte de viajar.

Es por esto, que como investigador de la naturaleza peruana, sus apuntes sobre la comunicación son de extraordinario interés. También lo son las observaciones que le sugirieron las dificultades halladas en los caminos. Desde mis primeros viajes vi la necesidad de tener bestias propias, para poder seguir mis estudios en los lugares poco frecuentados o enteramente desconocidos.

Herndon en su obra sobre el valle de Amazonas. Así, en la mayor parte de los casos, basta cuidar el caballo para que las bestias mulares de ambos sexos puedan comer enteramente sueltas, sin peligro de que se pierdan. En este caso, la mayor amenaza que se puede hacer a un indígena, es la de decirle que se le hace responsable de los resultados.

Mientras se limite a visitar las partes de la montaña donde hay cultivo; de caña, coca, cacao, etc. Un tren que sale hoy de Lima para Huancayo o para el Cerro, conduce en 16 horas que dura el viaje, tanta carga como hace 25 años, para ambos lugares se llevaba en mula en tres meses.

Desde la hacienda denominada Chosica, no muy distante de Chaclacallo, principió a desplegarse ante nuestros ojos una decoración de un aspecto de salvaje grandeza, si es posible expresarse así. Podríamos narrar muchos curiosos episodios acerca de los ladrones de este camino y sus robos; pero éste no es nuestro objeto: El caprichoso zigzag de esta ruta nos colocaba repetidas veces en situaciones en que, por indeferentes que fuéramos, no podíamos menos de detenernos y contemplarlas llenos de admiración, pues lo que nos rodeaba era imponente.

El lugar por donde penetramos había desaparecido por las vueltas que nos fue preciso hacer; el de nuestra salida nos era igualmente desconocido e invisible. Todo esto tiene un aspecto desolador, salvaje y triste, pero sublime e imponente.

Un ruido solamente se oye: Uno que otro quisco de raquítica estructura extiende penosamente sus descarnados brazos por entre las grietas. Las principales pascanas o alojamientos que existen en el trayecto comprendido entre Lima y la cordillera son: Desde la cordillera de Autaranga, que cuenta catorce mil pies de elevación sobre el nivel del mar, descendiendo hacia el Oriente, se principia a seguir a corta distancia el río Jauja. Todo es original y miserable en estos lugares allende los Andes.

Se ve con frecuencia en la puerta de los ranchos una larga vara con un manojo de pasto verde a su extremidad: Otras veces el palo tiene un canasto sin fondo a fuer de viejo: No pocas veces, en un mismo palo, se enseñorean estas tres heterogéneas insignias o emblemas muy fraternalmente reunidas.

Los caminos, en estas largas llanuras, son una especie de surcos semejantes a los que formaría un poderoso arado, por cuyo centro marcha un animal; por manera que el jinete, a poco esfuerzo, puede tocar tierra con los pies y quedar convertido en un coloso de Rodas. En la época de las aguas estas vías son sumamente incómodas y hasta peligrosas. Al llegar a Oroya lleva una masa de agua considerable, y aquí se pasa por un puente de cimbra de cuarenta metros de largo, mediante una contribución o derecho por animal.

El peaje de este puente se remata anualmente y produce una cantidad de soles al municipio de Tarma. Es casi indispensable alojarse en Oroya, porque desde aquí hasta Jauja sólo resta una jornada, pero muy larga. En la sala en donde nosotros pasamos parte de la noche, y que debe estar destinada a este objeto, vimos en sus murallas blanqueadas una multitud de nombres propios, pertenecientes a otros tantos viajeros, al pie de los cuales se leían algunas invocaciones al Todopoderoso: Al aproximarnos a Jauja vimos a ambos lados del camino, tanto en el valle como en las laderas, sobre todo en éstas, una serie no interrumpida de terrenos preparados para recibir la semilla del trigo o cebada, y como el terreno toma varios colores, el aspecto que presentaba era pintoresco.

Raimondi, que viajó por todos los caminos que van de la cordillera a la región oriental, condensó en un magnífico artículo sus impresiones de viaje. En la mayor parte de estos caminos se han construido, de trecho en trecho, algunos techados que se conocen en el país con el nombre de tambos, y adonde el viajero no halla otro recurso que un abrigo contra las fuertes lluvias durante la noche.

Los principales caminos que sirven de entrada a esta apartada provincia, son tres: El del norte es el principal que, como hemos dicho, conduce de Chachapoyas a Moyobamba. Algunos trechos de la subida no pueden ser peores, tal por ejemplo, la cuesta llamada de Doval, poco distante de Taulia.

Para formarse una idea de esta cuesta, imagínese una escalera formada de muchos palos redondos y puestos trasversalmente a manera de gradas sobre una capa de barro ligoso. Las bestias, subiendo sobre estos palos, que continuamente se hallan mojados, resbalan a cada paso y caen; feliz todavía el caminante si su mula no pone un casco entre los intervalos que dejan a veces los palos entre sí, porque en este caso peligra tanto el viajero como la bestia.

Este camino se dirige del Cuzco a la ciudad de Urubamba, la que dista seis leguas y se halla situada en la orilla del río llamado en este punto de Urubamba, porque baña la ciudad y que es el mismo que pasa por Santa Ana.

Una de estas sendas sale de Buldibuyo, en la provincia de Pataz, atraviesa la cadena que separa esta provincia de la litoral de Loreto y baja al pueblo del Valle, cerca del Huallaga. De Tayabamba, en la misma provincia de Pataz, salen otros dos senderos, de los que uno baja al pueblo de Tocache y otro al de Pizana: De Huacrachuco, en la provincia de Huamalíes, hay otra senda que también baja al Huallaga, pero es mucho mejor que las anteriores, porque casi se puede transitar a bestia.

De Chavín de Pariarca, en la misma provincia de Huamalies, sale un pequeño camino que atravesando la cadena de cerros que separa el Marañón del Huallaga, baja a las montañas de Monzón, cuyo río es navegable por pequeñas canoas y desemboca al Huallaga cerca de Tingo María.

Nuestras impresiones fueron consignadas en una serie de artículos. Este viaje se realizó 34 años después del que hizo Raimondi, y como se ve por nuestra descripción, la movilidad en en nada había cambiado ni mejorado.

Notable es lo accidentado del terreno por el cual pasa el camino que une el mar con Chachapoyas, siendo tres los ramales de la cordillera que tienen que atravesarse. El Marañón corre tranquilo y majestuoso por la ardiente quebrada que él mismo se ha formado, y como no tiene puente alguno que lo atraviese en todo el departamento de Amazonas, es menester recurrir a la navegación de él, la que se hace en balsas, a pocas cuadras del pueblo de este mismo nombre. El naufragio generalmente tiene lugar en una onda, que por lo accidentado del hecho se forma enmedio del río.

Allí pasó la noche, y al día siguiente, cuando su nombre se había inscrito en la lista de los muertos, apareció en el pueblo de Balsas, después de haber caminado muchas horas a pie. Parece que este suceso ha decidido al Gobierno a pensar en la construcción de un puente, habiéndose hecho ya los estudios correspondientes, por el ingeniero Hohagen, en el punto llamado Jupén.

Los caminos en que se viaja son iguales a todos los que atraviesan la cordillera de los Andes en la América del Sur. Pero una vez que de la capital de Amazonas se camina hacia el Oriente, el panorama varía por completo. Ya no hay camino, propiamente dicho, se viaja a pie por un sendero que los indios arrieros seguían en época muy remota.

A esto se añade, que el terreno es suelto y cenagoso, habiendo sido necesario construir largas calzadas de palos redondos, para pasar estos pasos que se llaman atolladeros. Aquí les dan el nombre de saltos , porque de escalón a escalón, media una altura de cincuenta centímetros. Es tan malo dicho camino, que un hombre a pie puede llegar a Moyobamba en cuatro días, lo que a mula no se puede hacer en menos de ocho.

Puentes, hay algunos, pero faltan los principales; de manera que cuando carga el río, que atraviesa en el punto llamado Salas, es menester aguardar horas y a veces muchos días en una de las orillas, hasta que las aguas sean vadeables. En ambas orillas de dicho lugar no existe ni una choza, los viajeros quedan a la intemperie, muchas veces sin poder encender fuego para cocinar, por la torrencial lluvia que todo lo inunda.

En tiempo de aguas el correo queda detenido generalmente ocho o quince días en una orilla, hasta que el postillón aprovecha una ligera vaciante y pasa con gran peligro de su vida el torrentoso río. El espíritu se recrea ante ese mar de verdura, cuyos límites se pierden en lontananza y el patriotismo se enorgullece al palpar nuestras riquezas.

Esta bajada dura tres horas y es menester hacerla a pie en todo su trayecto, pues toda ella es igual. Para llegar a ella es menester ir a Yurimaguas, el puerto donde se embarcan los viajeros que vienen del Pacífico. Varias son las malísimas vías para llegar a Yurimaguas. Ellas dicen que camino de herradura no existe: La mucha accidentación del terreno hace impracticable el camino por una sola de las bandas del río principal, siendo necesario a cada momento pasar a la otra para caminar por la ribera opuesta.

El Escalerayacu , otro río principal, es menos exigente, pues sólo pide que se cruce doce veces, y un tanto menos el Chuclloyacu , que se atraviesa en el camino ocho veces. Siendo el camino malo, sólo se caminan tres leguas y media por día, o sea catorce en cuatro días, que es la distancia que media entre Balzapuerto y Moyobamba. En la costa este trayecto exigiría ocho horas de viaje y en la sierra doce.

Balzapuerto , en otro tiempo capital de la provincia de Alto Amazonas, es hoy miserable ranchería poblada escasamente por semisalvajes. En él principia la navegación por canoa en el Cachiyacu y después en el Paranapura , para llegar al Huallaga a medio kilómetro del Yurimaguas.

De bajada se navega dos y medio días y de surcada ocho. Así avanza con paso firme en aquellos accidentados terrenos, recibiendo sobre su cuerpo torrenciales lluvias.

Pero si quiere conservar la salud, debe cambiarse vestido inmediatamente que llegue al Tambo, poniéndose ropa seca y un poco doble. Cuéntanme que con esa precaución nadie se enferma. Burros y mulas se pasan la gran vida por aquí. A semejanza de sus dueños, que por ser loretanos no pagan ninguna contribución fiscal, ni municipal, estos animales viven en gran holgura, porque para ellos no hay caminos. El pobre indio los reemplaza y los supera; sube y baja con una desenvoltura admirable escaleras de piedra cuya gradiente es a veces hasta de sesenta por ciento, pasa ríos caudalosos y fangales horribles, en los que queda atollado hasta las rodillas.

Todo esto con sesenta libras de peso en las espaldas. Así lleva su carga a la espalda, sostenida por una faja que afianza sobre la cabeza, y sin ponerse siquiera una jerga para aminorar la dureza del cajón o maleta que transporta. Algunos van armados de escopetas y cazan por el camino loros y monos, que comen después de asarlos, ofreciendo al patrón la mejor parte del mono que es la mano. Ganan cinco pesos por viaje de seis días de los cuales se comen en el camino dos. El trazo de la vía es malísimo, las gradientes muy fuertes, no hay un sólo puente, siendo varios los torrentosos ríos por atravesar.

Los fangales son numerosos en tiempo de aguas y en ellos queda atollada la bestia, a veces hasta el pecho, por lo que muchos prefieren hacer el trayecto a pie. El vapor que hace la carrera hasta Yurimaguas, sale el 15 de cada mes para Iquitos. Para ir de Tarapoto a Yurimaguas puede escogerse uno de los tres caminos que existen: Cualesquiera puede tomarse por hoy, menos el de Chasuta, en donde hace dos meses que sus pobladores asesinaron al subprefecto Bello y sus cuatro soldados.

Estos semisalvajes siguen insubordinados y no hay hombre de cara blanca que se atreva a penetrar donde ellos. Ella puede andarse a bestia en cuatro horas, siendo el camino malo y lleno de fangales como todos los de Loreto.

Shapaja es un fundo agrícola y a la vez uno de los puertos de la provincia de San Martín. En el punto en que se unen los dos ríos, el Huallaga tiene quinientos metros de anchura y profundidad de algunas brazas. Su aspecto es majestuoso e imponente para todos aquellos que, viniendo del Pacífico, no han visto en movimiento descendente un caudal mayor de aguas.

Aquí terminan los caminos de tierra y principian las peripecias de la navegación fluvial en un río que hasta el Pongo de Aguirre se ha declarado innavegable. Es la balsa un armazón de veinte palos, amarrados unos a continuación de otros con bejucos, los cuales con la carga, quedan casi sumergidos en el agua.

Por esta causa para colocar los fletes y llevar a los pasajeros, es menester armar sobre estos palos una segunda armazón de ramas y cañas, armazón que se llama barbacoa , y queda situada a sesenta centímetros sobre la primera.

Sobre esta débil embarcación se atreve el viajero a descender por las correntosas y desordenadas aguas del Huallaga. La salida de Shapaja es desagradable: El dueño del fundo recomienda a los bogas, una y diez veces mucho cuidado.

Estos para tener valor se embriagan miserablemente. Sin embargo, la vista del importante Estero les disipa en algo los efectos alcohólicos; entonces se amarran fuertemente a la balsa y principian a luchar, remo en mano, contra ese oleaje que sólo es comparable con el aspecto del mar en sus fuertes bravezas.

Son enormes piedras subfluviales las que quitan al Huallaga su natural velocidad, ocasionando esas corrientes en todo sentido que se manifiestan en forma de enormes olas. Tres son estos malos pasos y se llaman Estero, Chumia y Yurayacu. Todos igualmente malos, y sólo la forma especial de la embarcación y su imposibilidad de hundirse, disminuye los naufragios. La balsa rechina, se deja tapar completamente por las aguas, da vueltas ya en un sentido, ya en otro, pero al fin sale de ese pequeña Mollendo, aunque muchas veces con un boga menos o parte de la carga perdida.

A las cuatro horas de haber salido de Shapaja se pasa por delante del pueblo de Chasuta , hoy completamente abandonado por sus semisalvajes pobladores, los que se han internado en los bosques después que asesinaron al subprefecto Bello y a sus cuatro soldados.

La navegación en el Huallaga sigue torrentosa, y llena de cuidados por parte de los bogas, hasta la salida del pongo de Aguirre. El panorama cambia por completo: La navegación que hasta el pongo sólo se hace de día, después de su paso no se interrumpe en la noche. Qué sensación tan extraña, tan nueva, tan indescriptible la que se experimenta cuando se viaja por primera vez en los ríos de nuestro Oriente, especialmente cuando se viaja de noche y cuando la luna alumbra magníficamente las tranquilas aguas de sus cauces.

De mí puedo decir que nunca olvidaré la impresión que guardo de la nocturna navegación en el Huallaga.

Su construcción es original: Su timón es triple y rapidísimo en sus evoluciones. El calor y los zancudos hacen imposible la vida en los camarotes. Los pasajeros prefieren dormir al aire libre en hamacas o en catres de campaña, unos y otros cubiertos con mosquiteros.

La mayoría estaba formada por mujeres, las que, desde hace tiempo abandonan los pueblos del valle de Moyobamba, donde nacieron, para buscar mejor vida en Iquitos. Salimos de Yurimaguas a las ocho de la mañana, habiéndose hecho durante el primer día de navegación algunas paradas en los embarcaderos de las haciendas de caña con el objeto de embarcar cañaza aguardiente de 18 grados.

La navegación no fue interrumpida durante la noche. Al siguiente día a las ocho de la mañana cruzamos la boca del caudaloso Huallaga, cuyas aguas muy tranquilamente se entregan al Bajo Marañón. A partir de esta unión, el viaje se hace sobre una dilatada superficie de agua. Por lo regular usan muy poca ropa y tienen la cara pintada con colores indelebles.

La mujer envuelve medio cuerpo en una especie de mantilla sujeta a la cintura, la que se llama pampalina , y lleva sobre su busto un saquito que apenas le cubre el seno. Su mirada revela falta de atención. Por lo regular, los dueños y administradores de estas haciendas son hombres ricos, rudos, valientes, y trabajadores. La extensión de sus terrenos no tiene límites, como que por lo regular viven sin vecinos.

Su gente es propia y ella nunca les abandona. Todo les es propicio para el enriquecimiento. El principal de estos fundos agrícolas en el Marañón es Parinari. Al tercer día pasamos por delante de la boca del Ucayali, la que vimos a distancia. A la caída del sol de este día, divisamos a Iquitos cuya situación es cercana al afluente Nanay. La ciudad, que apenas a seis millas de distancia se divisa como un punto en el horizonte, principia a destacarse en forma grata a la vista a medida que el vapor acorta la distancia.

Visto desde el río, Iquitos, tiene el aspecto de una gran población. Como no hay muelle, tendió un tablón entre la borda y tierra y de esta manera quedó en comunicación con la ciudad. Toda nave que llega a Iquitos es recibida con las mismas formalidades que se acostumbran en los puertos peruanos del Pacífico. Revisó los papeles en menos de cinco minutos y tan pronto como declaró la comunicación del vapor, el barco fue invadido por una avalancha de gente, entre la que reconocí a muchos limeños que hacía años no veía.

Fueron nuestros antepasados protagonistas del magno suceso que nos dio patria, fueron los autores de las orientaciones que dieron existencia a nuestra vida nacional, y es a ellos en gran parte a quien debemos lo que somos.

A pesar de sus escasas virtudes nos dieron vida independiente y cumplieron una tarea de valentía física y de sacrificio moral que nosotros no hemos sabido imitar. Nos faltó civismo y perseverancia y por esto nuestra labor resulta deslucida e incompleta. Dos hombres de notable facultad intelectual estudiaron nuestro estado social y político en los tiempos coloniales. Uno de ellos, Tadeo Haenke, tiene la ventaja de haber florecido en los comienzos del siglo XIX y de haber descrito cuanto sus ojos vieron y cuanto su criterio supo juzgar, como vulgarmente se dice: Su trabajo, por este motivo es de mérito extraordinario.

Por esto, su trabajo es analítico, de reconstrucción. Existiendo estos dos trabajos, sería majadería nuestra pretender escribir sobre asuntos que ellos trataron magistralmente. Por esto, en su integridad copiamos cuanto dijeron sobre el particular. Siendo nuestro anhelo ser amenos en el relato y observar método en nuestro trabajo, dividiremos este capítulo en secciones; en cada una de las cuales intercalaremos separadamente las opiniones de los autores citados. Antes de entrar en materia debemos hacer otra indicación, siendo ésta la concerniente al programa que intentamos seguir.

Prado y Haenke hablan del blanco español y criollo , del negro y del indio. Los primeros, dueños de la riqueza y del gobierno, y los segundos sometidos a la esclavitud y en extrema pobreza.

A nuestro juicio, esta división conduce a error. Un crítico un tanto mordaz cuyo nombre silenciamos, dijo que había tanta similitud por el aspecto, color e indumentaria entre algunos representantes a congreso y los primeros mayordomos de casa grande, que sin conocerlos nunca podía diferenciarlos. En Chile nos llaman los cholos. El nombre no es original. El adjetivo cholo es genuinamente peruano y fue inventado por los españoles para calificar a los mestizos de blanco e indio.

Tiene origen esta subraza en la unión moral y material de individuos que convivieron en el territorio durante cuatro siglos. Al presente quedan miles de familias de pura raza blanca y centenares de comunidades de genuina descendencia india, pero no habiendo nada que impida el cruzamiento, ni siquiera el prejuicio social de los años anteriores, los componentes actuales tienden a fundirse en un solo crisol. Socialmente concurren a ella las personas de esclarecido origen, las que brillan por su fortuna, las que sin tener ninguna de estas condiciones se han hecho acreedoras a la estimación de las personas que figuran en primera línea.

Valen por sus negocios, se han impuesto por el éxito, y aunque por su origen, maneras y su misma industria no pueden codearse con las gentes de primera categoría social, sin embargo ocupan situación espectable y a ellos hay que acudir en toda iniciativa financiera. Hay gentes en esos grupos que sólo valen por su saber, su energía, su admirable disposición para el comando humano. Hay entre ellas, quienes aunque de humilde origen y con poca cultura y sin fortuna, hacen papel en el mundo político, no obstante que voluntaria o forzosamente se hallan fuera del selecto mundo social.

Veamos ahora las causas que han originado la modalidad de esta población superior. Los trabajos de Haenke nos dan los siguientes apuntes. Son los limeños, en general, de buena disposición y de una viveza que generalmente los distingue de los habitantes de otras partes de América.

Tienen una percepción muy pronta, y se nota en las conversaciones la peculiar facilidad con que, sin muchas preguntas, se imponen en los asuntos que se tratan. Generalmente tienen feliz memoria: Se desprenden con facilidad de sus alhajas; son suntuosos en sus banquetes y pródigos del dinero; lo miran y gastan con la mayor indiferencia. Pero este mismo desprendimiento, que contenido dentro de sus justos límites haría el mejor elogio de los limeños, es por desgracia la causa de la mayor parte de sus ruinas.

El chapetón es verdad que empieza a viciarse desde que llega a Lima, pero debe confesarse que a él se debe el tal o cual arreglo que se conserva en muchas familias. Acostumbraba decirnos un amigo que había puesto su estudio en conocer a los limeños: El chapetón, decía, viene regularmente a edificar a este país; pero el criollo, su hijo, queda para destruir cuanto su padre edificó.

En efecto, cuando una casa se halla atrasada se busca al chapetón para que la levante. Raros son los esclavos que se quejan de que sus amos los traten con severidad. Ellos con el poco castigo, por el contrario, suelen ser consentidos y flojos servidores.

Hay en Lima toda la política y urbanidad que se adquiere en el trato de una Corte. Los vicios que se les achacan son una especie de veleidad, que se suelen cansar de lo que emprenden, varían de dictamen, y con poca firmeza acostumbran arrepentirse de sus tratos. Con efecto, fatigan su viveza trabajos de mucho tesón y constancia. Las capas son horadadas, las casacas de paños finos, y así todo lo que se ponen. Son ambiciosos por los empleos, y tratan de adquirirlos por cuantos medios creen oportunos.

Aman las riquezas para sus faustos; y por eso muchas casas ilustres, despreciando las perjudiciales preocupaciones que hay en la Península, ejercen abiertamente el comercio. Sujetos principales se emplean en la mercadería por menor, con tienda abierta; y se admiten en el trato y concurrencias de las principales sociedades a los maestres de las embarcaciones y a otros, que no deben desmerecer, no se les eleva a tanto en otros países.

En la Corte de Lima, al modo que en las de Europa, predomina el mismo genio de adulación y de intriga. Aquella se ejerce con frecuencia en muchas y pomposas ceremonias y arengas que se dirigen a los Virreyes. En las que suelen hacerse al tiempo de su entrada no se economizan epítetos, ni se omiten las menores circunstancias que ilustren su familia. Por otra parte, una brillante soberbia los aparta de la concurrencia al Palacio de los Virreyes, se niegan a su obsequio hasta aquel punto que no haga reparable si este los distingue o no tiene cierto agasajo y popularidad que los encanta sobremanera.

Son dados a los placeres, al juego y a una vida regalada y ociosa. Idólatras de las mujeres, casi siempre estiman poco la suya propia. Se ve hombres graves entregados al juego y otras disoluciones.

Es indecible lo que ganaría Lima con la sola providencia de recoger a tanto ocioso y vago como se encuentra a cada paso, aplicando muchos de ellos a grumetes de los navíos en las ocasiones de levas. Nótase el genio de la intriga, al que contribuye mucho su espíritu inquieto y su gran viveza, en las ocasiones que vaca cualquier empleo que proporcione mando u honor. Sin embargo de tales defectos, veo que sus buenas cualidades aventajan en mucho a las malas. Son dulces en su trato, tienen afabilidad y buena explicación, especialmente en materias amorosas en donde desplegan todos sus chistes y gracias, distinguiéndose en esto con particularidad las mujeres.

Una limeña de diez años exige, en la conversación de un hombre bien criado, el mismo respeto y atención que una de quince en Europa. No tienen para con los hombres todo aquel amor y tesón con que estos las aman, hasta parecer que las idolatran.

Pero en las damas americanas no sucede así: Acostumbran los caballeros visitarse desde muy temprano, y ocupan la mañana en tratar sus negocios.

Andan de capa y gorro los ancianos, y los mozos llevan también su capa con una redecilla blanca, y el vestido de género rico o muy buen paño. Preséntanse igualmente las mujeres con una ostentación que no se conoce en Europa; y sea por imitación, sea por mal ejemplo o por natural deseo de brillar o sobresalir, manifiesta la limeña sobre este punto un prurito particular.

Adquiere con este ahuecado vestido la figura femenina un volumen tal, que no da pie para inferir su arte y venir en conocimiento de la tapada, a menos que la voz, la figura de los brazos, u otras semejantes señales den indicios de la persona. Pero al paso que con tan cuidadoso esmero procuran taparse aquellas damas desde la cintura arriba, tienen otro no menos por descubrir los bajos, desde la liga hasta la planta del pie.

Cuando van de guardapié, traje que usan las personas blancas de noche, llevan sombreros blancos jerezanos con un cintillo, sus mantillas y rebozos. La ocupación ordinaria de las mujeres es, por la mañana, los templos, y luego sus visitas. Se tiene por indecoroso presentarse a pie en el paseo, y muchas personas se ven obligadas a mantener calesa por no apartarse de los principios de la opinión.

En primer lugar, los españoles se establecieron generalmente en la costa; y sus costumbres deben buscarse en la vida de ciudad. Establecida la unidad y la indisolubilidad del matrimonio, y celebrado él en la forma sacramental con los caracteres y efectos que estatuye el Concilio de Trento, personas extrañas a la comunidad católica no hubieran podido como hoy, contraer unión autorizada y legal, si ellas hubieran sido toleradas en las ciudades del Virreinato.

El régimen civil de la familia reposaba sobre las bases de la patria potestad: La mujer casada no tenía personería legal sin autorización del marido.

El ejercicio de los derechos civiles se alcanzaba a los 25 años; y hasta el reinado de Carlos IV, los varones menores de esa edad y las mujeres menores de 23, no podían casarse sin el consentimiento paterno. Pero aunque legalmente correspondía al marido la autoridad de la familia, era la mujer la que moral y realmente dominaba en el seno del hogar. Y sobre la belleza física se eleva la belleza espiritual con los tesoros de ternura apasionada, en sus sentimientos nobles y abnegados, de la sorprendente vivacidad de su ingenio, el venero inagotable de su fantasía, la extremada suavidad y cultura de su trato, y su admirable adaptación intelectual y social.

Los hijos de las clases superiores eran criados con toda la ternura y el engreimiento con que rodeaban al fruto de su amor padres apasionados, ricos y ostentosos. El lujo excesivo, sin límites, se desplegaba en los vestidos, en los coches y en las fiestas y diversiones. Como prendas características en sociedades de intrigas y discreteos amorosos, los hombres usaban la tradicional capa española y las mujeres la célebre saya y manto peruano.

Es preciso detenerse en este punto: El gobierno español y la Iglesia, como hemos visto, tenían interés en que las cosas no pasaran de otro modo. No me refiero a los campos, donde la ignorancia llegaba al punto de que apenas había quien supiera leer y escribir; ni a los pueblos, donde las escasas escuelas estaban confiadas a maestros tan torpes como crueles, sino a las pocas ciudades donde existían colegios y aun universidades. En este video porno de incesto de latinas podemos ver como se folla a su prima peruana cuando esta de visita.

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