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Untado realidad gay

Svetlana Gurrola   / 28/01/2018

Hay parejas heteros que se tocan discretamente la mano, mientras unas mujeres con chador hacen jogging. Algunas hasta participan en un partido de voleibol.

Muy cerca de allí, me cuenta Amir, murió por disparos de bala la joven Neda Agha-Soltan durante las protestas electorales de La Police Park es su nombre, escrito en farsi y —curiosamente— en inglés sobre las cazadores de los agentes patrulla en moto. A su paso, las parejas se sueltan la mano, los fulares se ajustan, las caricias disminuyen. El rigor del islam iraní con respecto a las mujeres no se traduce sólo en el grosor y la amplitud del velo, obligatorio en todo momento; también se traduce en la longitud de las mangas de las camisas o del pantalón: A pesar de todo, domina la prudencia y me doy cuenta, por su forma de acercarse o de evitarnos, de que los gays ajustan constantemente su deseo a las circunstancias y a los riesgos.

Se les oye dirigirse unos a otros en femenino, a gritos. El sitio de nuestro encuentro no deja lugar a dudas sobre su sexualidad. Quedamos para visitar al cabo de unos días su taller de confección. Si el sur de la ciudad es pobre y popular, el norte es rico y elegante. Conozco a Ehsan y Nima, veintidós y veintitrés años, musculados y vestidos a la estadounidense, que parecen salidos directamente de un club gay de West Hollywood. Se diría que son dos hermanos.

Pero pronto se instala la confianza y nos vamos a cenar. Ehsan es entrenador personal de fitness y tiene el físico correspondiente. Los dos chicos hablan de su bisexualidad antes de confesar, al cabo de un rato, que la verdad es que no les interesan para nada las chicas. Sonriendo me dicen que no. Con pocas pinceladas, me describen otro mundo, no tanto el de la vida secreta de los gays como el de las costumbres ocultas de la burguesía iraní. Prototipos de la juventud dorada persa, Ehsan y Nima viven la noche.

En el exterior, el edificio parece estar vagamente en rehabilitación; pero dentro, el apartamento es ultramoderno y no doy crédito a lo que veo.

También hay puesta una televisión en un cuartito: En la pantalla aparecen chicas sensuales y sin velo. Ehsan y Nima aplauden y dicen a coro: Todo el mundo se prepara para una noche de fiesta, sin velo ninguno. Y propone que nos vayamos. Por poco creería que estoy en una beltway de circunvalación en Dallas o en Atlanta. Nos paramos en un barrio periférico a recoger a una chica, y continuamos el viaje.

Todo el mundo se echa a reír. Damos vueltas por la ciudad. Las tasas de alcoholemia van aumentando. Los teléfonos móviles no dejan de sonar. Saba me pregunta mi dirección de Facebook, el pasatiempo preferido de los jóvenes iraníes.

Ehsan y Nima no paran de contar chistes verdes, como si su liberación tuviera que pasar necesariamente por excesos de lenguaje. Adelantamos por la izquierda, por la derecha, dando bandazos, encendiendo y apagando los faros y frenando bruscamente.

Delicias de la noche urbana. De pronto, nos sigue un coche de la policía. La juventud se mete miedo ella sola, a toda velocidad y hasta perder el aliento.

Sus imprudencias al volante corren parejas con sus juergas privadas. La libertad se vive en una autopista. L as costumbres ocultas de la burguesía iraní: Una noche asisto a una fiesta enteramente gay, que roza la orgía, en un apartamento privado. Y no es de extrañar: Incluso la virginidad de las mujeres es muy relativa: La separación entre los gays y los heteros no es tan clara como cabría pensar. Lo que sorprende, en cambio, es la distancia, llamativa, entre el norte y el sur de la ciudad.

Una vida del control frente a una vida del exceso. A l cabo de unos días visito, como estaba previsto, a Mohamad, que me recibe como un invitado importante en su pequeña tienda del Gran Bazar. Hay ajetreo por doquier. Todo el mundo regatea, compra y vende. En el sótano de un edificio poco frecuentado se encuentran varios almacenes de ropa. Uno de ellos pertenece a Mohamad. Entiendo que es mayorista: Todos los bazaristas tienen una especialidad: Aquí, los cinturones y allí las manoplas de baño.

Son los pequeños relojeros, los joyeros, los sastres, los comerciantes de alimentos y pescaderos, los vendedores de alfombras y los perfumistas.

Esto es el bazar. Todo es verdad y todo es mentira. Mohamad nos ofrece té en unas tazas que parece que nunca se han lavado. Él también tiene sus soguillas y sus obreros. En la pared, un póster de Brad Pitt, otro de Rihanna, una fotografía sexy del cantante latino Enrique Iglesias y un retrato del rey Darío I.

A partir de largos rodillos de telas importadas de China, fabrican ante mis ojos camisetas falsas de Calvin Klein en cinco minutos cronometrados. Estampan eslóganes en inglés cuyo sentido no entienden Bullshit , You should better stop , un Spiderman o una imagen de la muñeca Barbie sin velo. Es una imagen que conservaré mucho tiempo en la memoria. Me cuenta cómo sale por la noche con sus dos amantes, los tres en una moto que conduce él, a buscar nuevas parejas.

El bazar es un mundo sin mujeres. De las mujeres, piensa que deben quedarse en casa. Existe una gran proximidad y conozco a muchas lesbianas. Tuvo críticas negativas de casi todos los medios que ciegamente se sumaban a las quejas del colectivo homosexual.

Cumplió su breve ciclo y convenientemente desapareció del mapa. Era ciertamente soso y cursi aquel relato pero fue el primer intento de la industria por arreglar su mal avenido matrimonio con la comunidad homosexual. Y entonces ocurrió algo tremendo que lo cambiaría todo. La aparición del sida, una enfermedad originalmente vinculada a la comunidad homosexual, transformó por completo el paisaje. Fue completamente sepultada, deliberadamente olvidada.

Hay un escaso metraje adicional que aporta poco o nada al original conocido, pero sus extras ofrecen una nada desdeñable revalorización de la película a casi 30 años de su polémico estreno. En un apartado de audio, Friedkin habla largo sobre su visión actual de todo aquello, y los documentales La historia de A la caza y El exorcismo de A la caza proponen una interesante revisión a la pesadilla que supuso su rodaje. Al Pacino no interviene. Nunca se ha pronunciado sobre este título de su filmografía.

Con frecuencia se olvida, pero a William Friedkin le debemos la adaptación al cine de Los chicos de la banda , una pieza teatral de Mart Crowley en la que se explora el modo de vida homosexual de la época a través de la peripecia de un heterosexual que por accidente acude a una fiesta de cumpleaños de un grupo de amigos gays.

Lo curioso era que la historia iba a contracorriente de la norma. Lo usual en la realidad del cine de la época era introducir a un gay en el mundo "normal" de los heterosexuales y jugar o burlarse con el choque. Y Cruising parte de una premisa exacta a la de Los chicos de la banda, esta vez en tono violento y cejijunto.

Va allí como cebo y ese mundo le es totalmente ajeno.

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